lunes 16 de junio de 2008

Arte y Modernidad - S.XIX

Artista: Jean Honoré Fragonard (1732-1806) - Movimiento: Ilustración - Estilo: Rococó - Escuela: Francesa - pintura galante

“Una cosa distingue a la modernidad de todo el pasado y le infunde su carácter particular: el conocimiento de la eterna aparición y desaparición de todas las cosas en incesante fugacidad y la conciencia de la conexión entre todas las cosas. De la dependencia de toda cosa con respecto de todas las demás en la inacabable cadena de la existencia”[1]

Analizar la relación entre la producción de Fragonard (1732-1806), con sus comitentes, público y críticos contemporáneos, expone, tal vez en forma paradigmática, el caprichoso espíritu de la modernidad naciente del siglo XVIII. Siglo que iba a ser denominado “el siglo de las Luces”, donde la razón es esa luz que debía iluminar todos los rincones oscuros. Producto de la disolución, como nunca antes, de los límites impuestos a la razón humana por la iglesia es llamado “el siglo de la razón”.

Los pensadores del Iluminismo trasformaron la Europa occidental en una sociedad moderna. Críticos respecto de la ortodoxia, estos filósofos cambiaron de manera radical la forma de pensar acerca de la religión, la economía, la filosofía política y la educación. Su método era racional y secular, fundado en la convicción de que el uso de la razón alcanza per se para revelar las verdades fundamentales y conducir al hombre a mejorar su condición de vida. Es la ideología y la cultura elaborada por la burguesía europea en su lucha con el absolutismo y la nobleza. Se trata de un fenómeno iniciado en Francia, que se va extendiendo por toda Europa a lo largo del siglo XVII, período de incubación del mundo moderno, en el cual se asientan las bases para el moderno pensamiento científico. El siglo XVIII permaneció estrechamente ligado al XVII y a sus fundamentos, por su historia política y por la estructura de las relaciones sociales y económicas vigentes en Europa en esos momentos; sin embargo, el movimiento de la  Ilustración  significaría un nuevo comienzo. El siglo XVIII nos ofrece un cuadro cultural pocas veces igualado. Los científicos, ávidos de conocerlo todo partían de un legado muy rico: la centuria del Barroco. Así, Copérnico, con el sistema heliocéntrico, había centrado el Universo. Descartes, con los ejes cartesianos había centrado la Tierr

a, y Galileo, Newton y Leibniz, con las leyes del espacio, la gravitación universal y el cálculo infinitesimal los habían puesto en movimiento. La Ilustración es la postura crítica que adopta la burguesía frente al orden establecido. Estos cambios se ven reflejados desde comienzos del siglo XVIII, en el mundano, laico y aristocrático arte rococó. No más atmósferas sombrías y angustiantes, y aunque conserva reminiscencias “caravaggescas”, explota en colores vivaces, escenas claras, imágenes de jubilosa alegría y vitalidad. El arte es sobre todo decorativo. Y esta es la gran novedad: la producción, por primera vez, de un arte totalmente laico.

El estilo rococó no es una mera evolución del barroco ni mucho menos su decadencia. Introduce cambios radicales: las cualidades sensibles de los acontecimientos narrados de las figuras y objetos representados no son medio para representar significados distintos de ellas mismas. No aluden a la gloria divina o a la ceremonia religiosa, no cantan la excelsitud de lo trascendente o la magnificencia del monarca. Las cualidades sensibles poseen valor por sí mismas, en tanto que producen placer o deleite. Es su propia materialidad, la textura de las telas y de las carnes, la animación de los parques, su vegetación, su fragancia, la exaltada moderación de las escenas cotidianas, la densidad del firmamento, las formas de los parterres y las estatuas no menos que la amable movida en el campo, pero también la excitación del erotismo y el voyeur…., todos ellos motivos que producen placer a quien contempla tales escenas o las leen. Un placer que no puede reducirse al de los sentidos aunque en ellos comience, que no es solo sensual … Un placer más refinado, más delicado, gozoso y a pesar de todo espiritual, placer del gusto, un placer estético: marca de un ámbito nuevo y autónomo”[2].

“El estilo rococó lleva desde su génesis, la paradójica semilla del modernismo “…un entorno que… promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación… (del hombre)… y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo (lo que se sabe, lo que se tiene, lo que se es)”[3].  Y  la obra de Fragonard, último exponente del rococó, se estructura, en líneas generales, sobre las características de la Ilustración: la búsqueda de la felicidad, la creencia en la bondad natural del hombre, el  optimismo, el laicismo. Pero una vez que estas características se cristalizan dando como resultado la Revolución Francesa en 1790, cae el rococó y con él Fragonard. “…la modernidad une a toda la humanidad. Pero es la unidad paradójica, la unidad de la desunión: (nos) arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia”[4] El Iluminismo, al conferir al hombre "derechos inalienables" termina desembocando en la revolución; y en el curso de su afirmación crea un clima favorable a un arte que sirve a objetivos "más altos". Jean-Jacques Rousseau, que contrapuso la innata virtud del hombre al estado natural de la artificiosidad de la civilización, consideró que el estilo rococó ahora dominante "poco contribuía a...la virtud pública". En el vivaz clima intelectual del siglo XVIII los Salones constituyeron a un ulterior campo de indagación y discusión. Los diarios describían las obras expuestas, y la Academia vendía programas de las muestras. También se escribían guías de carácter no oficial, generalmente anónimas y de circulación privada, que contribuyeron a la afirmación de la crítica de arte come sujeto de discusión. El más agudo e influyente entre los nuevos críticos fue el enciclopedista Denis Diderot. Su preferencia por un arte que contribuyese al crecimiento moral de los individuos incitó una creciente antipatía por el sensual y decorativo estilo rococó. La carnalidad de la obra de Fragonard no va a ser aceptada, por ser un arte hedonista y “decadente”. La Ilustración rechaza el exceso de sensualidad de su obra. Sin embargo los juicios del que se considera “el primer crítico” en favor de una nueva seriedad no cambiaron las delicados refinamientos del estilo rococó de la noche a la mañana, como se puede constatar examinando la obra de Fragonard expuesta en el Salón después de 1750.

A mediados del siglo, la Estética se convierte en la disciplina filosófica de moda, cuando Baumgarten la bautiza Aesthetica (1750). Por primera vez la Estética se vuelve una disciplina autónoma, que es paralela a la autonomía del arte. “La autonomía del arte, un proceso que corre en paralelo con la autonomía del conocimiento científico respecto de los prejuicios y con la del comportamiento respecto de la moral establecida, es uno de los factores fundamentales de la modernidad”[5].

En esta época se construyen los primeros museos, por lo que las artes van a tener lugar en el espacio público de las ciudades. El primer museo de artes plásticas se fundó en 1769 y es el Fridericianum de Cassel. (Alemania). El Louvre, se construye en 1792, y el Prado en 1819.

 

Modernidad en la producción plástica visual de Fragonard

“El término moderno expresó una y otra vez la conciencia de una época que se mira a si misma en relación con el pasado, considerándose resultado de una transición desde lo viejo hacia lo nuevo” (Habermas)

La pintura rococó es una transición de lo viejo hacia lo nuevo con características estilísticas bien precisas, sobre todo el uso de motivos tomados del barroco: líneas curvas, serpentinatas, espirales, etc. Otra característica es el recurso de colores claros de tonalidad pastel: los rosas y celestes están  siempre presentes. El Rococó no deja de ser un arte regia para ser el preferido por la aristocracia y la alta clase media, amantes de un estilo mundano, íntimo y delicado. Es pues, el estilo propio de la aristocracia y de la alta burguesía lo que determina un cambio sustancial en la relación entre el artista y la sociedad: el artista ya no es el servidor del poder como en el Barroco, ya no trabaja sólo por encargo sino que aparece el mercado del arte. Son los primeros pasos hacia la emancipación del arte, la pintura ya no está sólo al servicio del estado y la religión, sino del gusto del público y de la misma creatividad del pintor. El artista, por lo tanto, es más libre y los marchantes se encargan de comercializar su arte. Este es el marco espacio-temporal que protagoniza Fragonard, época imbuida de una “libertad” que lo empuja a experimentar combinaciones de elementos de diferente índole: tradicionales, clásicos y del barroco, con elementos acorde a los dictados de la moda de una contemporaneidad, que responde al nuevo estilo de vida cambiante que se va perfilando durante el siglo XVIII. “La historia, el Tiempo, transiciones o rupturas; un arte autónomo o derramado sobre la vida; innovaciones simbólicas o imaginarias, conceptuales, estéticas, científicas, técnicas y tecnológicas, conmociones políticas, económicas, sociales. Evoluciones o revoluciones en la cultura figurativa.”[6] La producción de Fragonard expone la creatividad y la flexibilidad de adaptación del artista, exigidas por su época, que tal vez como ninguna otra, sometió furiosamente a sus protagonistas a cambios tan drásticos como inimaginados.

Al inicio de su carrera, Fragonard desarrolló un estilo acorde con la temática religiosa e histórica pregnante de la primera mitad del siglo. Es discípulo de Chardin, Boucher, Carle Van Loo, y durante su estadía en Italia recibe la influencia del maestro veneciano Giovanni Battista Tiepolo. Después de 1765 sigue el estilo rococó de moda en Francia. Es uno de los artistas favoritos de la corte de Luis XV y Luis XVI, por sus escenas amorosas de delicados colores, situadas a menudo en jardines. Las obras de su última época, las más conocidas, reflejan la alegría, frivolidad y voluptuosidad del período. Se caracterizan por la fluidez de líneas, las vaporosas flores en un suave follaje y las figuras con poses llenas de gracia y elegancia, normalmente de damas con sus amantes o de campesinas con sus hijos.

Se sirve de temas clásicos en “Diana y Endimion (c. 1753/1755. Oleo s/tela. Collección Timken), obra, que realizó siendo discípulo en la Academia, y que ya presenta importantes elementos de lo que se convertirá en el estilo personal de Fragonard: colores ricos y un tratamiento de la pintura extremadamente fluido. Y es justamente de Boucher de quien hereda el gusto por componer cuadros de temas particularmente “superficiales” y de festiva “liviandad” cromática. Fragonard tuvo gran influencia en la época por ser iniciador del desprejuicio característico de la primera mitad del Setecientos. Su éxito le valió numerosos plagios y el mote de pintor fácil y superficial.

A partir de la exposición pública de El columpio” (c. 1766 Oleo s/tela. Colección Samuel H. Kress) se convierte en el artista predilecto de la alta sociedad de París.

En “Una visita a la habitación del niño”, (realizada antes del 1784, oleo s/tela Colección Samuel H. Kress) hace pública su cercanía con las ideas de la Ilustración. La escena está inspirada en la novela sentimental, “Le Roman de Miss Sarah Th...”, en la cual una joven muchacha inglesa deja riquezas y posición social en pos de una vida en el campo junto a un hombre pobre pero virtuoso. La popularidad de este tema hace reflexionar tanto acerca de la importancia dada por Rousseau a las emociones humanas naturales, como a la vida de familia, aspiración general para huir de la artificiosidad de la sociedad. “No hay cuadro más encantador que el de la familia, pero un solo trazo fallido desfigura todos los demás”[7]. Esta obra, junto a otras como “Joven madre”; “Feliz fecundidad” y “Visita al ama”, son la respuesta de Fragonard a los críticos y al público de la clase media que reclama un arte que estimule la virtud familiar. De hecho, estas obras no sólo están lejos de la vacua superficialidad del otro mundo por él representado, sino que además el estilo utilizado subraya la historia más que la técnica pictórica. La composición rígidamente formal, la limitada gama de colores y la pincelada más controlada son todos indicios del carácter más sobrio que se impone en la pintura francesa durante los años que precedieron a la revolución.

En “Un juego del gallo ciego” (1767/1773. Oleo s/tela. Colección Samuel H. Kress 1946.7.5), también aparece reflejada la nueva actitud hacia la infancia propiciada por Rousseau, el cual sostenía que a los niños había que dejarlos seguir sus instintos naturales. El cuadro representa algunos muchachos jugando al “gallito ciego” en la cercanía de un bosque. Los chicos presentan una desprejuiciada exuberancia.

“Amad a la niñez, promoved sus placeres, sus instintos amorosos. ¿Quién de vosotros no ha extrañado esa edad donde la risa estaba siempre en vuestros labios, y cuando el alma estaba siempre en paz? ¿Por qué privar a estos pequeños inocentes de un tiempo que se les escapará muy rápido, y de dones que nunca causan ningún daño?”[8]     

A partir de la exposición pública de El columpio” en 1766, Fragonard se convierte en el artista predilecto de la alta sociedad de París. En “El sueño del guerrero”, conocido también como “Visión de amor”, combina relatos clásicos cargados del erotismo de la época. En este cuadro representa un joven con hábitos de guerrero vagamente clásicos que contempla en sueños una mujer, probablemente Venus, que sentada en una nube, aparece con el rostro semi escondido por un velo en una actitud lasciva, casi provocadora.

Joven  muchacha leyendo (c.1776. Oleo s/tela Andrew W. Mellon) es tal vez, su obra más interesante. En esta obra se puede notar que Fragonard siente que los tiempos están cambiando, y que el avance del nuevo gusto neoclásico está desactualizando su pintura. El, que no puede acomodarse al nuevo estilo, profundiza los principios del rococó consiguiendo expresar su personal vena poética y estilística superándose a si mismo, al lograr la obra más audaz y madura de su producción. Y al sentir que su destino ya está marcado, el artista parece alcanzar la representación de aquel “instante que se desvanece” sentimiento tan buscado por el rococó, mediante la mismísima forma de pintar: extremadamente ágil e inusualmente rápida (Realizada en una hora, según el testimonio de un amigo). El vestido y la almohada de la chica están compuestas con pinceladas veloces y fluidas, en amplios trazos de colores puros e inesperados: azafrán, lila, y rojo magenta. Los dedos están logrados mediante simples reveces del pincel. Usando la punta de madera del pincel, Fragonard incidió el pliegue del cuellito sobre la superficie de la pintura. Este "juego de espada del pincel" es el que sus contemporáneos, no siempre con aprobación general, describen como el arte de Fragonard. “El espontáneo uso del pincel” más que el tema representado en sus obras, se convirtió en el tema que trascendental de su arte. Aquí es donde mejor se ven, las investigaciones y experimentos de Fragonard para individualizar el punto en el cual un simple trazo de pintura se convierte en una forma reconocible, y en este sentido superó las tradicionales divisiones de tipo académico sobre lo que es boceto y lo que es cuadro terminado. Otra particularidad presente en esta obra es el uso del color. Es notable su uso del rojo para pintar las sombras. Esta sensibilidad en la utilización del color es decididamente extraordinaria, de una modernidad que transita la pintura del Ochocientos y el impresionismo en particular. La comparación entre la pintura rococó de Fragonard y el impresionismo no sólo es válida desde el aspecto poético (en particular la exaltación del “instante efímero” y la alegre vitalidad), sino hasta en algunos aspectos estilísticos (el color tonal, las sombras coloreadas, la libertad y frescura de las pinceladas).

Este artista resume en su obra las aspiraciones del siglo XVIII, con sus contrastes y contradicciones. Fue un artista culto y versátil, un verdadero virtuoso de la pintura, capaz de interpretar perfectamente los gustos rococó de una aristocracia elegante y vacua, tendiente a las fiestas y los juegos amorosos. La Revolución Francesa de 1776, terminó con su carrera: por un lado cortó literalmente la cabeza a sus comitentes, y  por el otro impuso un nuevo estilo más duro y rígido, tanto desde el punto de vista plástico como temático, al cual un artista que había logrado tal madurez, audacia y profundización en el arte rococó, no podría ni siquiera pensar en adherir.

“El columpio, de Jean Honoré Fragonard. Título original: “El feliz capricho del columpio” (Les hereux hasards de l´escarpolette). Óleo sobre lienzo c.1766, Wallace Collection, Londres. Obra pictórica del Rococó francés (siglo XVIII).

El cuadro presenta un exquisito tema galante. El personaje central es una joven vestida a la moda de la época con un magnífico vestido rosa que lanza su zapato a un joven medio escondido entre las plantas del jardín. Mientras tanto, un hombre maduro manipula las cuerdas de su columpio para darle impulso.“Para Baudelaire, la moda no es un simple rasgo de la modernidad; antes bien para él - la moda es la sal de la modernidad-”[9]

El escenario resulta de la combinación del tema recurrente de los jardines del amor de Rubens y Watteau con alusiones mitológicas en las esculturas que decoran el jardín. La composición está compuesta por una variadísima gama de amarillos, verdes y azules. Las cuerdas del columpio, la joven y el joven del extremo inferior dibujan una diagonal que se contrapone a la formada por el hombre de la derecha y las cuerdas del columpio, que éste mueve. La centralidad de la joven viene dada por el cruce de estas dos líneas, sobretodo por la tonalidad cálida del vestido, vivamente iluminado por el sol que penetra entre el follaje. Esta luz matizada crea un efecto de profundidad exponiendo la gran habilidad colorística del pintor.

Una posible interpretación sería la de vincular el paralelismo entre el vaivén del columpio y la volubilidad del amor femenino. Este tipo de alegorías sencillas y tópicas tuvieron gran éxito entre la sociedad parisina que aspiraba a vivir como los personajes representados en la obra, en una nube de colores, alegres y despreocupados, mientras que a sus pies se agitaba la Francia revolucionaria. La obra refleja el mundo del Rococó como un juego placentero y refinado, rompiendo la estética del ideal heroico del Barroco, en el intento de acercarse más a una imagen burguesa relacionada con la mentira.

Esta obra puede ser considerada como unas de las más emblemáticas del gusto rococó. Los protagonistas de la escena son tres personas: la mujer que va y viene en el columpio, un hombre que la empuja, y un segundo hombre que está semiacostado en el jardín ocupado en mirar bajo la pollera de la mujer. En realidad el comitente del cuadro había solicitado la representación de este momento voyeurístico. Este dato, es un signo de los tiempos de los cuales la pintura rococó se hace intérprete. “Ahora nuestros instintos pueden desbocarse en todas las direcciones posibles; nosotros mismos somos una especie de caos –El sentido de si mismo y de la historia del hombre moderno se convierte realmente en una instinto para todo, un gusto por probarlo todo”[10].

Los colores crean una trama cromática de gran sensualidad. La composición quiere ser una fiesta para los ojos, sin preocupación alguna por el significado ideológico de la obra. Es un cuadro que, esencialmente, habla a los ojos y el corazón, no a la mente del espectador.“En la sobre valoración de lo transitorio, lo fugaz y lo efímero… se expresa en igual medida el deseo de un presente inmaculado, aún intacto”[11]

Desde un punto de vista estilístico, el cuadro tiene una riqueza de tonos absolutamente extraordinaria. La luz parece vibrar en cada hoja que toca. Fragonard adopta una técnica basada en el contraste tonal. Se observa una alternancia continua y densa de pequeños toques de color, algunos más saturados, otros más claros, creando así esta sensación de reflejos y refracciones que dan vitalidad a la imagen.

El motivo fundamental del cuadro está dado por el cruce de las dos diagonales. Una está hecha de luz, que penetra en la espesa vegetación, la otra es creada por el movimiento del columpio que se prolonga hacia abajo en la figura del hombre semiacostado. El cuadro tiene, por lo tanto, una composición decididamente dinámica, en tanto y en cuanto las dos diagonales son inmateriales, tanto la de la luz como la del movimiento. No sólo, la diagonal del columpio tiene un decidida orientación hacia adelante, hacia el espectador, sino que además la otra diagonal parece crearle un espacio vacío posterior. Esto enriquece la imagen de una espacialidad que no se percibe a primera vista, dado que el espacio parece casi anularse tras la sombra creada por la espesa vegetación.

El cuadro es decididamente lo que los italianos llaman un “attimo fuggente”. No cuenta una historia, sino que representa una sensación. “Su misión (la del pintor de la vida moderna) es la de buscar y exponer la belleza de la modernidad. El artista debe captar –ese elemento transitorio, fugaz, cuyas metamorfosis son tan rápidas. Sólo el artista de la vida moderna puede liberar la belleza de sus apariencias externas más triviales”[12]  Que el talento de Fragonard sobrepasa, haciendo de las escenas más triviales profundas radiografías del pensamiento de su época. Exponiendo las terribles contradicciones, propias de las novedosas experiencias propias de la modernidad. Develando su artificiosidad estructural, plasma la naturaleza, imponente y al mismo tiempo "amaestrada" por la civilización, como espacios que no son selvas, sino jardines, (que recuerdan la Villa d'Este de la que había realizado bocetos). La luz crea volumen en las nubes, que se destacan en el cielo, y luego se descompone en el terreno de manera de iluminar las figuras, que se ven como puestas sobre un escenario. Utilizando las características del rococó: máxima exaltación del barroco en cuanto a las formas  (irregularidad y líneas que ondulan); retrata la sociedad aristocrática, teniendo la figura femenina como protagonista de sus composiciones; atrapando con su pincel la ligereza, fragilidad y gracia cortesana. Su pintura se caracteriza por los colores claros, iridizados, con predominio de rosas y celestes, la línea es vibrada y logra un resultado donde la técnica es acorde al tema representado, un conjunto etéreo de personajes aún protagonistas de una época que se acababa. Cogidos, como en una instantánea, fragmento de la vida cotidiana, evidente exaltación de aquel “instante efímero” que sintetiza la sensación del estar vivo en un lugar y en un tiempo preciso.

“…el siglo de la ilustración representa un hito decisivo no sólo a causa de que elabora y pone en juego categorías nuevas, sino, ante todo, debido a la manera inédita de articular las nuevas y las viejas hasta conferirles un estatuto teórico y disciplinar nunca logrado” (Marchan Fiz)

La aparición de esa categoría estética que se define como “pintoresco” es otro notable componente de la pintura rococó que aparece en esta obra de Fragonard. Con este término se entienden aquellas imágenes agradables que nacen espontáneamente de la naturaleza y con caracteres irregulares. La diferencia entre “bello” y “pintoresco”  se relaciona con la diferencia entre “artificial” y  “natural”. En el campo artístico el atributo de “bello” es sinónimo de regularidad y es una característica que se reserva sólo para las cosas producidas por el hombre. En la naturaleza no existen formas geométricas regulares, líneas o ángulos rectos, círculos, cuadrados, simetrías, etc. Sin embargo, la naturaleza produce cosas bellas como la torcida e irregular rama que cruza el cielo en la obra analizada. Se puede decir que la categoría de pintoresco se usa cada vez que se quiere huir de los contextos humanos y redescubrir la naturaleza virgen y no contaminada.

Esta novedad de lo “pintoresco” se observa en los tres personajes que están contenidos por un marco ideal formado por la naturaleza en forma espontánea. Pero es un contacto en el cual la polaridad artificial-natural se presenta de manera evidente y con características simbólico-poéticas precisas. Esto porque en los paisajes pintorescos de la pintura rococó aparece siempre la «ruina» de algún edificio antiguo, en este caso la estatua de un ángel sobre un pedestal historiado a la derecha, y dos “putti” esculpidos debajo de la mujer, entre los dos hombres. El momento pintoresco y las esculturas (referencias de arte clásico) son ingredientes inseparables. Las estatuas antiguas representadas en la obra ejercen una carga de fascinación, porque son testimonio de una grandeza pasada, que también remite al sentido del tiempo. Por esto la contraposición de las referencias al pasado con la naturaleza, exaltan, por un lado la eternidad, y por el otro la transitoriedad de todo lo humano.

“Así como lo transitorio, momentáneo y contingente sólo puede ser una mitad del arte que necesita su otra mitad, lo constante, intemporal y universal, así también la conciencia histórica  de la modernidad presupone lo eterno como su antítesis… la belleza intemporal no es sino la idea de la belleza en la condición de experiencia pasada, idea creada por los propios seres humanos y continuamente abandonada”[13]